La última lágrima

Posted by on 2015-01-21

Hace un par de años sentí por primera vez la presencia de la muerte en mi vida. Nunca había estado tan cerca de ella.

Todo empezó con una caída, como les pasa a tantos viejitos. Mi padre tenía 87 años, llevaba 7 padeciendo los efectos del Parkinson y, aunque se encontraba perfectamente lúcido y era un gran conversador, había ido perdiendo movilidad y convivía con el dolor de todo el cuerpo, que no cedía a pesar de los fuertes analgésicos. Esto lo mantenía con un gesto de contrariedad en la cara y, poco a poco, vi cómo se asentaba en sus ojos la profunda tristeza que le producía el verse cada vez más limitado.

Unos meses antes había empezado a pedir cosas que le gustaban: una sopa de bolas de verde que a mí me sale buenísima, aspirar las rosas y el cedrón del jardín de mi madre, contemplar desde el balcón el glaciar del Cayambe iluminado por la luz del atardecer, una vuelta por la calle La Ronda recordando sus momentos juveniles en Quito; un paseo a Monserrat de Otavalo desde donde contaba entre risas que, con sus amigos de infancia, se lanzaban a toda velocidad conduciendo -con poca prudencia y gran pericia-  un cochecito que construyó con sus propias manos bajo la gentil dirección del carpintero del pueblo. Cuatro diablillos en ese pequeño tablón rodante terminaban irremediablemente en el suelo al final de la ruta en medio de los raspones y el gusto de haber cumplido la hazaña. niño-petate-peluche-despedida-viaje-by-Ľubomír-Červenec

Corta fue la dicha para ese niño de 9 o 10 años, pues mi abuela, con severidad radical, convirtió el cochecito en leña para su horno a fin de que el travieso dejara de andar con los codos y las rodillas rotas. Se me encogía el corazón cuando llegaba a ese punto de la historia porque me imaginaba la pena que sentiría ese niño, viendo quemarse su sueño hecho de madera y engrasados rulimanes. Era una época en la que los padres no se preguntaban si sus castigos hacían sufrir a los hijos. Era el tiempo en que según decía mi padre, se conectaba la luz de la ciudad desde un “switch” que él, por ser monaguillo distinguido y primera voz del coro, se vio favorecido en el encargo del señor cura, y se ocupaba honrosamente de subir todas las tardes a las 6 en punto. Contaba cómo se emocionaba al ver que -con ese simple movimiento, de subir una palanca- se encendían poco a poco los focos de toda la ciudad, justo antes de que la noche cubriera por completo las calles polvorientas, hoy saturadas de ponchos de colores y turistas.

Cuando yo tenía 15 años me regaló el libro Por qué se fueron las garzas, en el que el autor, “dilecto amigo” como solía decir, Gustavo Alfredo Jácome, cuenta cómo las garzas que blanquean las totoras de la laguna de Yahuarcocha, viajan todos los días muy temprano hacia San Pablo y se pierden entre los campos del Imbabura. Ya en la tarde regresan en bandadas a pasar la noche en Yahuarcocha. Yo lo aprendí por el libro y lo pude observar a solas muchas veces. Luego se lo conté a mi padre, hace apenas unos años.

Cada vez que lo visitaba trataba de que no faltara ese paseo en el que después de dar la vuelta a la pista nos sentábamos frente a la laguna a ver cómo, siempre por el mismo lugar, las garzas ingresan en grupos de 6 o 10 y un poco antes de llegar a las totoras  se lanzan en vuelo veloz extendiendo sus frágiles patas casi hasta topar el agua, de manera que quien mira desde el frente parece ver una esbelta patinadora sobre una pista de hielo, de color plata por ser la hora en la que cae el sol, tratando de detener su deslizamiento. Y luego se alza de nuevo, levemente, para aterrizar, y ubicarse en alguno de los nidos que no se ven pero se intuyen, puesto que tantas habitan el verde totoral.

4678597772_0efd27618dNos quedábamos un buen rato, sólo contemplando la belleza del espectáculo y comentando lo hermoso de poder verlo, “qué maravilla…” decía mi padre, como quien goza de un privilegio que alguien que no es del lugar desconoce.

Conscientemente tratábamos de complacerlo en todo, pues, aunque no lo mencionábamos, sabíamos que no había mucho tiempo para hacerlo.

Solía repetirme: “mija, estoy cansado”, “ya no quiero vivir más”, “¡¿te das cuenta lo que son 87 años?!” “todos los días le pido a Dios que me recoja”. Yo le escuchaba en silencio, sobre todo porque no sabía bien qué decir, pero trataba de entenderlo, sin tratar de convencerle de lo contrario, como lo hacían los demás. “No, usted está muy bien” “Ni parece de esa edad…” Cosas que se dicen cuando uno quiere consolar a quien ya no encuentra consuelo en la vida y solo espera el que puede proporcionar la muerte. Yo le daba la razón, y entre mí pensaba qué angustioso debe ser querer dar un pequeño paso y que los pies no respondan acorde con la voluntad propia; o lo que sería querer girar en la cama para ponerse de lado, para aliviar la espalda, y que eso se convierta en una trabajosa, dolorida y demorada tarea. Me angustiaba pensar que el cuerpo -en ese estado- se convierte en un impedimento, ha dejado de ser el ágil vehículo que transporta alegremente nuestro Ser cuando estamos sanos.

Me decía a  mí misma, y le decía a mi padre, tratando de empatizar con él en su padecimiento, que debía ser terrible vivir así. Su frase siguiente, como de respuesta, era: “lo único que me atormenta es dejarle sola a tu mamita”. Me conmovía mucho escuchar eso y no atinaba a decir nada más. Se me anudaba la garganta, me quedaba callada, y los dos nos mirábamos con caras tristes y una media sonrisa  de resignación, sabiendo que ninguno podía hacer nada para encontrar una salida a lo inevitable, sólo nos quedaba esperar.

¿Quiere morir, papi? Le pregunté en una ocasión. “Es lo que le pido a Dios, todos los días…”, me dijo, convencido.

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El recuerdo de esas conversaciones venía a mi mente con claridad, mientras mi padre estaba en terapia intensiva, y lo tuve presente durante los diez días que duró su agonía. Sabía que había llegado su hora y en ese trance, lo que me importaba era que su sufrimiento no fuera largo, que pronto se cumpliera su voluntad de descansar y que se marchara en paz.

Estuvo un día en terapia intensiva y, en algún momento de ese día, le escuché decir a mi hija, mientras se estrujaba las manos y se le inundaban los ojitos:  “Mamá, estoy rogando a dios que yo pueda verle una sola vez más a mi abuelito, que pueda escucharme una sola vez más…”  Parece que los ruegos sinceros tienen su resonancia, y así fue, mi padre salió de esa sala llena de máquinas y recuperó la conciencia pero ya no pudo hablar. Sólo alcanzó a balbucear algunas palabras: mija, casa y hambre. Sabíamos al ver sus ojos que escuchaba y entendía todo perfectamente. Es increíble la fuerza que cobra en esos instantes la mirada y el significado que uno le puede dar.  Todos le pudimos decir lo que nuestro corazón necesitaba para que no quedara nada por decir, para aliviarse y que no pesara luego el arrepentimiento que suele dar vueltas en la cabeza con frases como “tenía que haberle dicho…” “si hubiera podido decirle…” y quien sabe cuántas más.

Comprendimos que había que despedirse. Uno por uno fuimos entrando a la habitación para decirle lo que creíamos importante. Yo tenía urgencia de decirle algo. Años atrás, le había escrito una carta en la que  le contaba el dolor que me había causado su dureza en mis años de adolescencia, y le había dicho que yo necesitaba que él me pidiera perdón por eso. Nunca lo hizo, pero a partir de ese momento nuestra relación cambió para bien, mejoró notablemente. Hablar de lo que duele siempre tiene un efecto sanador para quien habla y otro sensibilizador para quien recibe el reclamo si se lo hace con respeto. Así que, después de eso, los últimos 12 años de nuestra relación habían sido muy buenos. Por falta de atención o porque a veces uno no encuentra el momento o el cómo, o quizás porque uno no piensa que un día la gente que ama no estará, yo no había vuelto a hablar de eso aunque de tarde en tarde pensaba que debía hacerlo. Y cuando mi padre entró al hospital me atormentaba pensar que ese “necesito que me pida perdón”  le pesara a él, cuando en realidad yo había podido entender y valorar otras cosas y no sentía que fuera necesario que me pidiera perdón de nada. Y ahí junto a la muerte, frente a la pérdida reconocida, todo se había vuelto pequeño, relativo, no había dolores ni resentimientos, todos los habíamos sanado hace tiempo, lo único que me importaba era que supiera que yo no tenía ninguno con él y que pudiera irse de esta vida en paz, como era su deseo.

Así que cuando entré lo primero que le dije,  deshaciéndome del peso, fue: “hace tiempo le dije en una carta que quería que me pidiera perdón, pero no hace falta, más bien quiero darle las gracias por haber amado tanto a mi hija, para quien usted ha sido su padre”. Me miró entre extrañado y complacido. Como si nunca  hubiese estado pendiente de aquello en absoluto. Y le pregunté: “¿estamos en paz?. Sonrió levemente, como quien sabe que el otro necesita la afirmación, y me dijo sí moviendo la cabeza de arriba hacia abajo, cerrando los ojos, mientras su cara reflejaba una calma auténtica. Eso le dio alivio a mi corazón. Allí me di cuenta que la necesidad sólo era mía y me sentí agradecida de haber podido expresarlo, de no haberme quedado como tantas personas que luego viven rumiando el autoreproche de lo que quisieron decir y hacer y no alcanzaron.

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La noche número 11,  diez días después de mi monólogo y su mirada de paz, aunque sabía que su vida se estaba apagando y que lo único que quería mi madre era permanecer todo el tiempo a su lado, extrañamente la convencí de que nos fuéramos a casa para que, al menos esa noche, pudiera dormir y recobrar fuerzas. Ella, también extrañamente, aunque a regañadientes aceptó y se despidió besándolo en los labios. Después supe que había sido mejor que no viera su final.

Antes de salir de esa habitación, me acerqué a mi padre. Vi sus párpados hundidos, como si sus ojos hubieran decidido volar con su conciencia. Con la intención de confirmar si aún estaba con nosotros,  le levanté suavemente el párpado del ojo izquierdo y vi el cristal de color verde, con pintitas de color miel alrededor de la pupila, tan bello pero ya ausente y en ese instante una lágrima cargada y larga corrió por su sien y se perdió detrás de la oreja. Me desesperé al pensar que estaba sufriendo y entre sollozos de impaciencia le dije acercándome al oído: “Ya papi, váyase tranquilo. Todo está bien, todo está en orden, todos estamos en paz. Vamos a cuidar bien de mi mamá, váyase tranquilo. Descanse. Ya es suficiente”. Le besé en los ojos cerrados con una ternura que nunca antes había sentido por él y me fui, sin saber que esa había sido ‘su última lágrima’.

Sin saberlo también lo había ayudado a cumplir su deseo tan grande de abandonar ese cuerpo que lo aprisionaba y finalmente liberar su espíritu. Una hora más tarde mi hermano llamó a decir que había muerto. Cuando llegamos, en medio del llanto incontenible, vi su cuerpo yerto, aún caliente, y me sorprendí al ver que uno no tiene miedo de tocar a sus muertos.

Dos días antes de la caída mis padres habían cumplido 49 años de estar juntos. Tiempo que por obra de amor o de la muerte a mi madre le resultó poco, quizás es así para el que sufre la ausencia. Ese día, 2 de octubre, de forma inusual, él se puso a recordar cómo se enamoró de ella, recordó los buenos tiempos, le pidió perdón por lo malo, ella hizo lo mismo. Se alegraron. Él habló detalladamente de una  escena que recordaba con nitidez:kiero-estar-con-tigo-asta-k-seamos-viejitos-santiago-chile+1152_13474160420-tpfil02aw-26128

“Estaba muy nervioso y emocionado de verte cuando bajaste del bus… Tenías un vestido blanco con florcitas rojas diminutas y zapatos blancos de tacón; yo llevaba el uniforme de la costa, con la camisa color kaki de manga corta. Te lanzaste a abrazarme, emocionada de verme, yo te besé…” Fue el encuentro en el que los dos me llamaron a la vida. Mi madre lo escuchó conmovida y extrañada por esa conversación tan íntima. Nunca se imaginó que sería la última. Él nunca le había dicho que atesoraba ese recuerdo.

Esta mañana me desperté soñándolo, nunca antes lo había soñado. Sentí una gran alegría al verlo, quizás la que alguna vez debo haber sentido cuando era niña y llegaba después de una larga ausencia. Tenía una amplia sonrisa y en ella pude reconocer la mía.

26 Responses to La última lágrima

  1. Adelaida Andrade 2016-10-27 at 08:51

    Hermoso! así es la vida entera … teñida de muchos colores, los que nos gustan… los que no también!

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  2. Miriam Becerra 2016-05-17 at 14:16

    cuando la abrí pensé que estaba muy larga y aburrida, así que solo leí el ultimo párrafo para ver en que terminaba la historia, pero al leerla no pude dejarla… hermosa me ha hecho pensar y me ha sacado mas de una lagrima……

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  3. Katty Ivet 2016-05-17 at 10:06

    Muy hermoso relato de vida…!!.
    Saludos y millón gracias por compartirlo…!!!!

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  4. Monica Silva 2016-05-16 at 21:55

    Hola Gissela que lindas palabras para relatar la muerte de su padre, siento(no se si me equivoco) una paz en su corazon como si la hubiera escuchado contarme lo sucedido ahi mismo en ese lago. Sabe nunca tuve a mi padre conmigo y no se que sera el amor o como sera el amor a ese ser; pero tengo a mi madre todavia y se que algun dia ella partira y quiza me de valor para decirle todo lo que yo quise de ella o talvez no deba esperar y decircelo con respeto como usted lo hizo. Que ternura de relato

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  5. Lidia Marcia 2016-05-16 at 19:27

    Guisselita muy lindo su relato , hizo que me acuerde de mi papito y me sienta triste al recordarlo y pensar que me hizo falta tiempo para estar a su lado

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  6. Edison 2016-05-16 at 18:44

    Cosas así hacen valorar más a nuestros padres que no siempre van a estar con nosotros

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  7. Emma Jimenez 2016-05-16 at 18:03

    Muy bonito……aun tengo a mi padre le voy a decir lo mucho que lo amo ahora que estoy a tiempo muchas gracias Gissela la admiro mucho a ud que Dios la bendiga

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  8. Tatiana Mosquera Cedeño 2016-05-16 at 13:11

    Querida Gissela,
    Gracias por compartir con tanto cariño una parte tan importante de tu vida. Me he identificado con el corazón en tu relato siendo parte de los sentimientos de muchos de nosotros.
    El tiempo es corto cuando se comparte con los seres que amamos, es realmente maravilloso guardar esos hermosos momentos en el alma y sobretodo evocar con agradecimiento y amor todo lo que nos han enseñado.
    Gracias por tu generosidad al hacernos recordar lo importante que es decir lo que nuestro corazón necesita, para aliviarse en el tiempo preciso, para sanar y continuar con la decisión de seguir sin que pese ningún arrepentimiento.
    Gracias por esta bella historia.
    -Gracias a quienes nos cuidan con amor desde donde quiera que se encuentren.-

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  9. Fausto Dávila Rodas 2016-05-16 at 11:02

    Estimada Guissela, como a todos los que hemos tenido la desdicha de perder a nustro padre su bella historia nos lo hizo recordarlo de la misma manera, pienso que la mejor manera de honrar su apellido es siguiendo su ejemplo, tal como Usted lo hace, saludos cordiales.

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  10. Carmen Recalde 2016-05-16 at 10:37

    Ohhhhhhhhhh qué hermoso y a la vez qué nostalgia recordé a mi padre y mis ojos se inundaron de lágrimas cada vez que lo recuerdo me sucede lo mismo es la tristeza de no tenerlo más a nuestro lado pero tú tuviste la fortuna de despedirte a mí no me sucedió eso… pero ahora tengo la fortuna de ser su delegada cuido de mi madre estamos juntas y cada día tengo tanto amor para ella sé que desde arriba él nos cuida su espíritu prevalece, la educación y la formación severa en su momento es lo que cada día valoro y agradezco… y al igual que tú, él fue el padre de mi hija…

    El amor de padre y madre es el amor que nunca se olvida, el que permanece, que lo acuna en momentos de soledad, el que lo eleva al Creador…

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  11. Irina Cerda 2016-05-16 at 09:59

    Gissela una vez más pienso que eres una persona tan valiosa y una gran editora, escritora y cada día te acercas más a ser un ser humano tan semejante a Dios. Gracias por compartir en este mensaje sentimientos tan necesarios y puros.

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  12. Anabel Herrera Almeida 2016-05-16 at 08:22

    Guiss…hermosas palabras..así debe ser nuestra actitud con nuestros padres ..hasta el final de sus días devolviendo ese cariño inmenso como el que nos lo dieron a nosotros..

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  13. Lucia Santoya Del Río 2015-07-24 at 00:02

    Hola Gissela.

    Gracias por compartir esa poesía de tu vida, hermosa, es una palabra corta para explicar el exiquisito bálsamo que me has regalado.

    He recordado con infinito amor a mi abuelo adorado, Él también fue un gran Padre en mi vida. Inolvidable.

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  14. Silvia Magdalena Espiniza Guzmán 2015-03-07 at 20:36

    como nos perdemos de momentos tan importantes en nuestra vida,solo por el bendito orgullo ., porque cuando nos lastiman damos la vuelta a la pagina y no afrontamos el problema o no queremos hablar y dejar pasar las cosas y en ciertos caso lo hacemos demasiado tarde.
    Me gusta es muy interesante este mensaje y me ha hecho reflexionar muy dentro de mi corazón ….. GRACIAS…………

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    • admin 2015-07-07 at 04:58

      Me alegra mucho. 🙂

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  15. jacinta ramirez 2015-02-25 at 15:23

    Hola Gissela mi mas sentido pésame. aunque que ya paso algo de tiempo de la muerte de tu padre, nunca sana esa herida. se lleva en el corazón. me da mucho gusto a ver encontrado en el Internet. me encontraba yo muy triste desorientada, y vi un vídeo que me ayudo mucho a salir ADELANTE. GRACIAS.

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    • admin 2015-07-07 at 04:59

      Muchas gracias Jacinta. Qué bueno saber que mi trabajo le sea útil. Un abrazo.

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  16. Maria Elena 2015-02-11 at 12:21

    que linda historia…. me ha hecho pensar en mi propio papi
    Gracias por el regalo

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  17. Nelson Castillo 2015-02-09 at 09:08

    La historia muy hermosa, cuando uno de los padres tiene que partir,le queda a los hijos algo que les a dolido por algo, como un reclamo, que tenemos que hacer a los hijos, pero uno no lo hace con con mala fe a nuestros hijos, al contrario es porque se les ama y no quisiera que nada malo les pase, pero se los dice es la forma como se lo dice, eso es lo que les produce el resentimiento que les dura mucho tiempo.
    Pero el tiempo les da la razón, padres nunca desean el mal para sus hijos. Soy un padre de tres hijos, dos mujeres y un varón, con setenta y un años.
    Saludos Nelson.

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  18. Judith Morejon 2015-02-08 at 09:26

    Me dejaste sin palabras, co esa lagrima contenida y mis recuerdos cruzados, gracias por compartir tan hermoso e íntimo relato

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  19. Vilma 2015-02-05 at 13:56

    Que hermoso amiga, me has echo rodar unas lagrimillas.

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  20. LUCIA ROMO 2015-01-29 at 12:17

    Hermoso relato llego a lo mas profundo de mi corazon la muerte halgo inebitable y natural

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  21. Lucía Granda 2015-01-29 at 09:30

    simplemente………hermoso.

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  22. Charito Montoya 2015-01-27 at 20:39

    Es impresionante còmo me ha impactado su historia, y còmo me ha hecho pensar de lo efìmeros que son los momentos que uno pasa con sus seres queridos, y a veces no les damos el suficiente amor debido a resentimientos que surgen ya en la edad adulta por una u otra razón, gracias Dra. por compartir su experiencia de vida, no se imagina el bien que me ha hecho leerla y que Dios la bendiga.

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  23. Rocìo 2015-01-22 at 20:21

    Querida Gissela,

    gracias por compartir algo con ìntimo. Lo leì… me hizo llorar… aùn no he vivido la muerte de alguien tan cercano… debe ser terrible… pero todos debemos pasar por eso, lo sè. Gracias por recordarme que tengo que vivir el presente y no tener cosas pendientes con nadie. Dicen que cuando un padre o una madre se va, dejan un vacìo que absolutamente nadie puede llenarlo y seguro debe ser asì. Que Dios nos conceda la fortaleza necesaria.

    Un abrazo,

    ROCIO

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  24. Karina Echeverria 2015-01-22 at 15:27

    Siento que perdí mucho, siento que perdí tanto al tenerle a mi abuelo a tan solo 30 minutos en bus de Otavalo a Ibarra y nunca haberme permitido ir a visitarle y contarle que como a mi Papa, el siempre me hizo falta!
    Tia, quiero que sepa que le quiero y le respeto y que con usted, Oswaldo y mi prima no quiero perderme esos momentos que nos hacen familia, porque mas que la sangre y el apellido, yo quiero que tengamos recuerdos y momentos!

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